La autoconfianza es el constructo psicológico que relaciona aspectos cómo la autoestima, el autoconcepto y la percepción de eficacia en una tarea. Podríamos decir por la calle que es la confianza en uno mismo para hacer cosas, solucionar problemas o tener un rendimiento exitoso. La autoconfianza es un factor muy poderoso en relación con el rendimiento, ya que puede desembocar en que la motivación por algo sea mayor o menor, que afrontar una situación sea una vivencia de estrés o ansiedad o incluso que pueda mantener un nivel de activación óptimo para rendir.
La falsa autoconfianza es un fenómeno que les sucede a muchos deportistas. Es cuando uno deduce que es bueno haciendo algo por los resultados que obtiene. Por ejemplo, la temporada pasada, Cristiano Ronaldo vivió una sequía goleadora durante la primera vuelta de la competición liguera. Se le veía fallar ocasiones a las que no nos tiene acostumbrados y se le veía agobiado, ansioso y desesperado. El estrés puede ser un síntoma de esa disminución de autoconfianza, pero no podemos demonizar el estrés o la ansiedad, ya que son respuestas humanas naturales.
La clave es que muchas veces competir con estrés es inevitable o ansiedad y puedes hacer un buen rendimiento igualmente. Aquí lo que denotaba es que CR7 basaba parte de su autoconfianza en su faceta goleadora (algo incontrolable 100% por él, un resultado) es que cuando no le entraban esos remates cada vez fallaba ocasiones más “sencillas” de anotar y aumentaba su ansiedad. Eso es un ejemplo de falsa confianza. “Soy bueno porque meto goles, por tanto, cuando no los meto, no juego bien o no soy tan bueno”.
Esto es algo que sucede en muchos deportes e incluso otros factores de la vida. Tendemos a centrarnos en el resultado de las situaciones para evaluar cuanto de eficaces somos en aquello. Esto puede ser equivalente a cuando se gana un partido o una competición sin hacer un buen rendimiento (por errores del rival o un mal día de éste) y realizar un juicio sobre esa victoria muy positivo y con una causalidad orientada hacia nosotros y lo buenos que somos.
Así pues, ¿cómo podemos prevenir esto? o ¿cómo podemos asegurar una base de autoconfianza estable en los deportistas?
Pues cómo la falsa autoconfianza se basa en resultados positivos adquiridos con una causalidad hacia las capacidades propias (“Soy bueno porque gano”), seguro que muchos habéis adivinado que una base fiable y estable de autoconfianza está fundamentada en que el deportista perciba control y éxito a la hora de ejecutar acciones técnico-físico-tácticas del deporte en cuestión, más allá del resultado. Entendiendo el resultado cómo la combinación de sus ejecuciones, la de sus compañeros, la del rival y otros factores como jueces, metereología o estado del material deportivo.
De esta forma la evaluación de una competición siempre debe ser basada sobre la tarea realizada y la calidad de esta, las ejecuciones de las acciones y las tomas de decisiones. A partir de ahí valorar las circunstancias que tras ello nos ha llevado a una victoria o una derrota. Al final confiar en que yo puedo rendir bien en algo, en que soy eficaz, efectivo y eficiente, quiere decir que siento que controlo una situación o lo que tengo que hacer en esa situación.
En definitiva, cuando obtenemos un resultado el trabajo no está finalizado. Debemos dar tiempo a una evaluación realista del rendimiento dejando a un lado el resultado para poder prevenir situaciones de falsa autoconfianza. A veces pasan rápido y otras truncan carreras deportivas por no entender el motivo de no obtener los mismos resultados. Espero que os haya servido y si no sabéis cómo hacer este trabajo o necesitáis mejorar vuestra autoconfianza, volver a competir como antes, o sentiros con más valentía os animo a venir a verme y trabajarlo juntos!
Creo que antes de nada debemos hablar de lo que significa “mejorar” exactamente, y es que los que trabajan conmigo saben que mi trabajo siempre va dirigido al objetivo de mejorar su bienestar o su rendimiento con lo que hablamos de este tema a menudo. La percepción de mejora deportiva muchas veces, por no decir en la gran mayoría de los casos, es subjetiva; esto significa que tenemos una impresión sobre nosotros mismos o sobre los demás de que hemos mejorado en general o en algún aspecto pero no tenemos datos fiables que lo corroboren.
Es la subjetividad el peligro al que se acercan los deportistas cuando valoran su aprendizaje y sus mejoras. Supone un peligro porque el aspecto “mejorar” quedará indefenso ante el nivel de rendimiento que se esté ofreciendo en ese momento (el estado de forma actual) y obviamente ante los aciertos o errores cometidos en una competición deportiva o un entrenamiento. Por lo que cuando el rendimiento sea alto la percepción será positiva y será sencillo hablar de que se ha mejorado (habrá mejorado el estado de forma, quizás las capacidades o habilidades sigan siendo las mismas), pero cuando este deportista se encuentre en un bajo estado de forma o una falta de confianza, la percepción de aprendizaje será negativa y esto puede conllevar estados de ánimo negativos y un nivel aún más bajo de su autoconfianza o autoestima deportivamente hablando. En resumidas cuentas, la percepción de mejora se vuelve inestable.
El paso más simple a priori para ser capaz de tener una objetividad en cuanto a mejorar, es proponerse mejorar algo previamente a intentarlo. Es decir una de las técnicas o estrategias psicológicas que nos va a ayudar a mejorar va a ser el Establecimiento de Metas. Al tener un objetivo de aprendizaje tenemos una referencia más concreta y específica lo cual nos ayudará a pasar de pensar si “hemos mejorado” a pensar en si “hemos mejorado en esto”.
Una vez tenemos la referencia o el objetivo, es fundamental preguntarnos cómo vamos a saber que lo hemos mejorado. En ese sentido las estadísticas nos pueden ser de gran ayuda. Por lo tanto, si quiero mejorar la capacidad de tiro a portería de un futbolista, evidentemente voy a evaluar la frecuencia con la que sus tiros consiguen encontrar portería y cuantos se van fuera, por lo que esa medida objetiva la utilizaré para valorar si ha mejorado su “puntería”. Aunque muchas veces puedo tener obstáculos que dificulten ver estas mejoras en competición, es posible que dicho futbolista no tire a portería porque necesita mejorar sus desmarques y sus desplazamientos para encontrar situaciones de disparo, es decir, aunque el objetivo parece técnico, la clave para alcanzar esa mejora (además del aspecto psicológico) requiere de una mejora táctica previa.
Mejorar pues, será el objetivo de todo deportista, o debería serlo, al margen de su edad o condición. Los deportistas de élite son capaces de aprender y mejorar sus capacidades o situaciones competitivas de forma continua. Es decir, son capaces de encontrar objetivos que cumplir continuamente, de poner en practica una actitud psicológica de ambición y de perseguir el objetivo de mejora. Puede que algunos creáis que quizás no necesitéis trabajar el aspecto psicológico para mejorar, os diré que al igual que se puede mejorar, también se puede empeorar. Es mucho más sencillo asegurarse la estabilidad y la evolución deportiva si a nivel psicológico he trabajado todas mis posibilidades de mejora y estoy alineado con mis objetivos. En definitiva, cuanto mayor control tengo sobre mi evolución más reduzco las posibilidades de fracaso o de involución.
Psicología Deportiva para Mejorar
A continuación voy a exponer los puntos que se trabajan desde la psicología deportiva para promover el aprendizaje y la mejora de los deportistas:
Análisis Introspectivo de Cualidades Deportivas: El psicólogo deportivo conduce al deportista por sus áreas de rendimiento y mediante ciertos ejercicios, enfocamos las virtudes y capacidades que conforman la identidad deportiva y el autoconcepto del deportista. Esto ayuda al deportista a darse cuenta de su valor y a sentar una base firme de autoconfianza.
Análisis de Situaciones Competitivas: Mediante el rol del deportista y el deporte en cuestión se identifican situaciones dónde el deportista destaca y se siente dominante y otras dónde el deportista sufre o denota una carencia. Esta serie de ejercicios ya son de utilidad en sí, dado que enfocan al deportista en situaciones que puede o podrá controlar cuando mejore en lugar de un resultado o de aspectos anotadores.
Establecimiento de Metas de Rendimiento: Esta técnica psicológica es capaz de aumentar la motivación, la concentración y la autoconfianza, el psicólogo deportivo ayuda al deportisa a elaborar objetivos extraordinariamente útiles y aplicados. Junto a la perseverancia del deportista esta técnica ejerce un gran éxito percibido y mejoras objetivas. Las metas se enfocan para entrenamientos y competición, siendo en los entrenamientos dónde podemos ver mejoras objetivas.
Análisis Realista del Rendimiento: Mediante las distintas formas de evaluación, el psicólogo deportivo ayuda al deportista a no basar su percepción de éxito y su autoconfianza en los resultados. Más bien, le enseña a tomar datos objetivos de sus propias acciones, las cuales puede controlar. Esto favorece la capacidad del deportista de mejorar, dado que aumenta la información de la que obtener nuevos objetivos de rendimiento.
Este proceso cíclico de entrenamiento psicológico produce un feedback positivo para el deportista puesto que es capaz de ver objetivamente como mejora y, la amplia mayoría de veces, esto viene acompañado de un alto nivel de forma o rendimiento competitivo.
Sin duda alguna no hay nada más importante que mejorar. Es evidente que los resultados son la vida del que compite en un deporte, pero recordemos que la consecución de resultados se dan en un espacio y tiempo, contra unos competidores de un cierto nivel. Con esto quiero decir, que conseguir un resultado no te da pie a conseguir otros si entre estos resultados no hay mejoras. Los rivales con el tiempo pueden mejorar o empeorar, es lógico que, ante la duda, nosotros preferiremos mejorar.
Como conclusión os dejo esta afirmación: Los resultados: victorias, derrotas, trofeos y otros aspectos; son lo que todo deportista busca mientras se ve obligado a no dejar de mejorar…si es que quiere conseguirlos.
Primero de todo, bienvenidos al 2017, espero que este año os ayude a convenceros más si cabe de las mejoras que podéis llevar a cabo en vuestras vidas con sólo un poco de esfuerzo, valores y rendimiento. Para estrenar bien el año, veo necesario ahondar en el aspecto del rendimiento deportivo. Desde el 2012 que empecé a realizar tareas de coaching deportivo y psicología del rendimiento en plantillas amater de fútbol, siempre ha existido una palabra “tabú” que era sinónima de problemas, el error o el fallo.
Bien, cabe decir que existen numerosas creencias en nuestra cultura y en nuestro entorno que mitifican el fallo cómo algo indeseable y improductivo para cualquier persona, así desde pequeños y sin que nadie se de cuenta o se percate de ello, hemos ido consumiendo ese tipo de ideas y actitudes en la vida, conformando el mito o la relación causal de “el fallo es malo”, “fallar es perder” y “tengo que hacerlo todo perfecto, no puedo fallar”.
En mi trabajo, el fallo es mi mecenas, la cantidad de veces que el error ha sido protagonista en mis sesiones es incalculable: “cuando fallo me pongo nervioso”, “tengo miedo a equivocarme porque pensarán que soy malo”, “me cuesta confiar en mi, siempre pienso en si me voy a equivocar en esto o en aquello” y un largo etcétera de ejemplos que, toco madera, hemos conseguido solucionar por medio del trabajo con el cliente.
Si estás leyendo este artículo, y crees que para ti fallar también supone o ha supuesto un problema, antes de seguir leyendo, te recomiendo que reflexiones sobre qué es para ti un fallo.
Nos podrán venir distintas preguntas a la cabeza en este momento: ¿si concibiésemos fallar cómo algo bueno y positivo, tendríamos las respuestas de estrés o de nervios que solemos tener cuando fallamos? ¿Si fallar fuese positivo, tendría tantas ganas de hacer las cosas bien hechas? ¿Si fallar fuese algo negativo pero necesario, y lo aceptásemos así, encontraríamos el equilibrio entre la excelencia y la gestión emocional ante el error?
El título de esta lectura tiene truco. La respuesta a qué va a ocurrir cuando se comete un fallo está en cada uno de nosotros, porque depende totalmente de cómo percibamos la realidad que nos rodea y de qué valor le estemos dando a ese error. Si soy un tenista y para mi fallar un primer saque es algo normal y entiendo que al tener un segundo saque no me debo preocupar, es probable que mi estado emocional y mi nivel de atención permanezca estable y funcionando. Por otra parte, si un fallo en el primer saque, para mi significa que “sólo me queda una oportunidad para meter el saque bien hecho” puede que esa concepción de la situación me altere aportando un puntito de presión y estrés que me habré inducido a mi mismo. Es evidente que la línea es muy delgada entre mantener la compostura o sentir un estado cognitivo y emocional alterado.
Conviene separar el término “rendimiento” del término “resultado”, cuando hablamos de errores si lo pensamos bien, estamos hablando de determinadas ejecuciones técnicas o físicas que conllevan un mal resultado. Fallar un pase, tirar una barra en un salto hípico, etc. Pero resulta que cuando realizamos un fallo en una ejecución que acaba con un resultado positivo no lo consideramos un error, me explico: TM es jugador de fútbol y juega de mediapunta, en un partido de liga recibe un balón a pocos metros de los defensas contrarios y quiere mandar un pase a su compañero DP que es delantero, ese pase debe ser raso y profundo para dejarle sólo contra el portero. TM por un fallo en la ejecución motora del pase y del golpeo del balón, en lugar de salirle un pase raso (mucho más fácil de controlar para DP) le sale a altura de la cadera del defensa, y por ese fallo el balón se filtra con éxito sin que el defensa la pueda desviar, además debido a que el balón sale botando, esto permite a DP realizar una vaselina con poco esfuerzo y la jugada acaba en gol. ¿Ha cometido un fallo TM?
Así pues, se podría decir que nuestras acciones persiguen objetivos y que aun cometiendo errores en la toma de decisiones o en la ejecución motora, si el objetivo se consigue no concebiremos ese error cómo un fallo.
Todos queremos el éxito, y el fallo produce reacciones negativas en nosotros porque creemos que nos impide conseguirlo. Pese a esta forma de pensar, la experiencia dice que cada fallo te ayuda a crecer y estar más cerca del éxito, teniendo en cuenta que el éxito es un término abstracto y que es distinto para cada uno, quedémonos con que el error nos ayuda a mejorar, y eso, siempre es bueno.
A continuación me gustaría ayudaros a tener ciertos argumentos para desmontar el mito de que fallar es malo. Tanto os servirá a vosotros cómo a las personas con quien compartáis esta noticia, sería muy positivo que lo puedan leer el máximo de personas posibles. Al vivir en sociedad, los niños crecen sin ideas sobre vivir en relación con los demás, y mediante las personas cercanas a ellos van aprendiendo las distintas ideas o normas sociales que les harán ser quienes son y comportarse de forma educada o en relación a unos valores. Si cambiamos la concepción del fallo y la orientamos al esfuerzo y hacia la superación puede ser algo muy positivo para cualquier persona. Fallar significa mejorar y realizar los cambios pertinentes para acertar. Si compartes esto con las personas, siempre habrá niños o niñas que crezcan en otra idea del error, dado que unos padres, tíos y otros familiares habrán empezado a pensar distinto, o unos amigos, unos entrenadores, unos compañeros de equipo o algún presidente de algún club habrá empezado a ver el fallo de forma distinta; y ese niño va a aprender de todos estos.
Si has vivido en la cultura del perfeccionismo y los errores te han hecho sufrir sensaciones negativas, reprimendas, decepciones, nervios, angustias, es momento de cambiarlo y si me contactas estaré encantado de ayudarte. Por el momento, me tomo la libertad de que tengas estos argumentos a favor de que el fallo es algo natural y positivo para el crecimiento de las personas:
El deporte exige competición (dejando al margen la actividad física cómo ocio, y hablando de deporte federado), en la competición se enfrentan los distintos deportistas y para que unos obtengan resultados positivos los otros tienen que obtener resultados negativos. Si el fallo no existiese no existiría el deporte. Si todo se hiciese perfecto se colapsaría la competición y el deporte no tendría ningún sentido. El fallo es natural del deporte.
Las personas cometemos fallos constantemente, lo que sólo nos damos cuenta cuando obtenemos un mal resultado o alguien o algo nos lo resalta. Desde que nos levantamos por la mañana hasta que nos acostamos por la noche tomamos constantes decisiones, de las cuales muchas seguro son erróneas y no nos percatamos. Como, además, no nos sentimos evaluados, el valor de esos errores es cercano al cero. Es imposible no equivocarse, estoy seguro que en este mismo texto, me he equivocado muchísimas veces, forma parte de su “magia”. En la competición hay evaluación, simplemente debemos aprender a dejar la evaluación para cuando estemos tranquilos en casa y podamos hacer memoria, valorando lo positivo y lo negativo. Durante el juego tenemos las pulsaciones a un nivel alto que no nos va a permitir evaluarnos de forma realista y con sentido.
Los mejores deportistas de la historia se han equivocado en cada partido, prueba o desafío, en cada minuto y hora de sus vidas deportivas. Jordan se ha equivocado en millones de canchas de baloncesto, y él sabe que le ha venido bien. Rafa Nadal se equivoca en cada partido y en cada entrenamiento. Pelé, Maradona, Messi y/o Cristiano Ronaldo se equivocaban y se equivocan. Michael Phelps toma malas decisiones y se equivoca también. Usain Bolt, otro que se equivoca. Si tu no te equivocases nunca, serías el mejor deportista de la historia, bueno o serías una máquina. Para llegar, mantenerse y ser deportista, no es que tengas que permitirte fallar, es que tienes que cometer errores y vas a cometer un fallo en cualquier momento. Si no estás dispuesto a aceptar eso, te recomiendo que reflexiones sobre ello.
¿Quien tiene la superioridad moral suficiente para determinar lo que es bueno o malo, lo que es un fallo o un acierto? Quizás lo que para mi es algo bueno, para otra persona no lo sea, quizás lo que para ti es un fallo, para otro es un logro. Antes de culpabilizarte, ponerte nervioso, hundirte anímicamente por un error, sería oportuno tener la seguridad objetiva de que es un fallo ¿verdad? Mejor deja para después de la competición esta valoración, porque te puede llevar tiempo. Es más, aunque invirtamos tiempo y dinero, ¿podremos saber a ciencia cierta la importancia de un fallo? Parece más inteligente aceptar el resultado de esa acción cómo algo natural del juego y del deporte y seguir concentrado en la siguiente acción, dado que pensar en ello conlleva una alta inversión.
No tenemos máquinas del tiempo. Si consideras haber cometido un fallo, hecho está, no puedes hacer nada por volver atrás y realizar una acción distinta. ¿Tus acciones las realizas en el pasado, el futuro o en el presente? Si sabes contestar a esto, ya has descubierto dónde tienes que estar atendiendo.
Los resultados nunca dependen totalmente de lo que hace uno mismo. Incluso hay deportes como el tenis, que perder un punto puede ser por una mala acción tuya o por mérito del contrario dónde no has podido hacer nada. No nos creamos todopoderosos.
Nuestro cerebro necesita energía para atender y realizar las distintas acciones. Todo el tiempo que invierto en pensar en ese fallo que he cometido, es tiempo que pierdo energías en algo que no tiene nada que ver con realizar una acción en la situación de juego actual. No malgastes tu tiempo.
Las personas muchas veces no tenemos las soluciones a los problemas, una forma de descubrirlas es por ensayo y error, es decir, probando y fallando hasta que acertemos. Comete un fallo y estarás un poco más cerca del acierto.
Podríamos seguir aquí todo el día, creo que con estos argumentos, más de uno habrá empezado a concebir el fallo de forma distinta, y quizás a competir diferente. Si con este artículo nº1 de 2017 ayudo a un deportista o a una persona a tener un año mucho más provechoso ya me doy por satisfecho.